martes, diciembre 16, 2014

Waresnei



Cuando era chico, y estaba en el colegio o en el club, si me pasaba de piola, nunca faltaba el pibe más grande (de edad o tamaño) que venía, se paraba muy cerca frente a mí, y con las manos en la cintura, levantando el mentón me decía: “¿Qué te hacés el waresnei?”
Ese sonido, waresnei, pronunciado así, me resultaba tan adictivo como misterioso. Sin importar el contexto, apenas podía, iba y lo usaba para hacerme el langa, acusando a otros más pequeños que yo de ser eso: un waresnei. ¿Pero de dónde había salido esa palabra? ¿Era un término en inglés? ¿Cómo se escribía? ¿Además de “hacerse el canchero” tenía otro significado?... La duda me acompañó un tiempo, hasta que uno de esos pibes más grandes me prestó el cassette de la banda de David Coverdale.


viernes, noviembre 28, 2014

Un topo en el superclásico







El miércoles a la noche, en cable, vi un programa que hablaba de la tolerancia al dolor y de cómo aumentarla. Copado con la idea, esa misma noche puse la nueva ficción de Facundo Arana y soporté seis minutos. El doble de mi último intento con Polka.  
A la mañana siguiente, apenas me levanté, fui al baño y continué el experimento con el enjuague bucal. Me lo dejé en la boca más de ciento veinte segundos, hasta que empezaron a lagrimearme los ojos, y mi lengua se convirtió en una goma flácida, inflamada, hípersensible: como si un enjambre de avispas practicaran tiro al blanco ahí dentro.
Pero no me achiqué.
A la noche redoblé mi plan de autoflagelación. Apalancado por la oportunidad de asistir a mi primer superclásico, fui a la cancha para ver perder a mi equipo, rodeado de 50.000 hinchas de River, todos totalmente sacados, gritándome al oído como si en mi frente hubiera un cartel que dijera: “soy bostero, aturdime”.
No poder putear del dolor, aumenta el dolor, está comprobado. Lo dice Natgeo y lo garantizo yo: El Rey del sufrimiento al pedo.

viernes, noviembre 14, 2014

Otro jueves cobarde



Ayer a la noche, como todos los jueves, salí de casa para ir a jugar al fútbol con mis amigos. Cuando estaba llegando, me di cuenta de que sería imposible. No había luz en toda la zona. Me acerqué a la puerta del club y estaba cerrado. Eso significaba, además de no fútbol, no bañarse, no quedarse a cenar, no volver a casa después de medianoche.
A medida que fueron llegando los demás, surgieron propuestas: “¿Y si vamos a tomar unas cervezas?”, dijo uno, y otro agregó: “Dale, mejor no, bah, no sé…” Otro comentó: “Una cosa importante: si vamos a volver cada uno a su casa, antes avisemos a nuestras esposas, no vaya a ser que…” Risas. Risas y más oscuridad. Me miré la ropa, me olí y dije: “así vestido como estoy, y encima con el ungüento que me pasé por las gambas, no puedo entrar ni a la Rural”. Me subí al auto y emprendí el regreso. Cuando pasé por la Plaza Devoto me volví a mirar, me dije “sos un lechón” y frené. Corrí 4.800 metros, elongué, y volví a casa dos horas antes de lo habitual. Kary estaba sola pero ya había comido. Pedí una pizza, me bañé, y mientras miraba el partido de River, comí siete porciones. Yo solo, sin ayuda, en diez minutos: la mitad del tiempo que el estómago tarda en avisarle al cerebro que está lleno, y el cuádruple de calorías que acababa de quemar una hora antes, al borde del desmayo.
MV

miércoles, noviembre 05, 2014

Día de la independencia

 

Mi inconsciente es lento, no se da cuenta de nada. Hoy se cumplen tres años desde que me fui de un trabajo en el que estuve doce años, y todavía sueño que sigo ahí, transpirando hielo, mientras esquivo y piso minas estratégicamente enterradas bajo la alfombra.

lunes, noviembre 03, 2014

Una especie de Adiós a la Vegas

Ayer vi una película en la que el protagonista pierde el trabajo por su adicción al alcohol, y cuando va a su casa se encuentra que todas sus pertenencias están desparramadas en el jardín de entrada. Como si fuera poco, no puede entrar porque antes de abandonarlo, su mujer cambió las cerraduras. Entonces decide quedarse a vivir ahí afuera, tomando cerveza y regalando todas sus cosas.
La peli se llama Everthing Must Go, está basada en un cuento de Raymond Carver, y termina con este hermoso tema. Escrito por Bob Dylan e interpretado por The Band.


lunes, octubre 27, 2014

Día perfecto

Me hackearon la máquina.Violaron mi intimidad. Antes de que los programas de chimentos lo pasen, lo subo yo.


 

viernes, octubre 24, 2014

Lo que Babel No Se Llevó #15 "Culpa"

Noche histórica (x Macelo Vertua)

Tenía diecisiete años, vivía en estado de revolución hormonal, y había bebido. 
Ese, al día de hoy, es todo mi alegato. El mismo al que vuelvo una y otra vez, cada vez que cierro los ojos para dormirme.
Luego de cinco años, esa noche no habría ausencias, ni llegadas tarde, ni nudos de corbata mal hechos, ni tráfico de exámenes resueltos. Esa noche era La Despedida, el festejo, la salida final de un grupo de sobrevivientes de un colegio católico. Después de esa última noche, habría tiempo para todo lo que no importaba: reencuentros forzados, actualización de biografías, cervezas con sabor a nostalgia y la vida que nos empujaría al fuego cruzado de la adultez: estudio, trabajo, familia…
Seguí leyendo esta y otras historias culposas en:


sábado, octubre 18, 2014

Alrededor de Lío (Parte IV)



Lío es como un amigo sin trabajo y sin preocupaciones materiales: su riqueza es el tiempo libre y las ganas de molestar.
Cuando quiere jugar, te muerde suave y sale arando. Cuando no quiere y lo cargoseás, te muerde suave y se queda echado, desafiante.
A la hora de comer, en lugar de mirar lo que le servís en bol, levanta la cabeza y se queda observando todo lo que guardás, como diciendo: no podés ser tan tacaño.
Cuando termina de comer, sacude una de las patas delanteras, como si se le hubiera mojado.
Cuando se enoja, baja las orejas y achina los ojos.
Mira partidos de tenis por tevé y, si el peloteo es largo, la mosca verde que va y viene le quema tanto la cabeza, que hay que atajarlo para que no le tire un zarpazo a la pantalla.
Cuando lo retás, cierra los ojitos hasta que le pedís perdón, de tanta pena que da.
Verlo correr me encanta. Verlo dormir me apasiona. En especial cuando hay mucha luz y usa una patita pata taparse la cara.
Los días de mamitis, no le alcanza con seguirte y andar pegado: necesita aúpa. Aúpa hagas lo que hagas.
Su estilo de vida sigiloso una vez al día nos obliga a:
–¿Lo viste?
–Estaba con vos.
–Sí, pero después se fue con vos…
Acto seguido, operativo SWAT: uno se fija bajo la cama, el otro revisa bajo el sofá, uno sale al balcón, el otro espía entre la pared y la biblioteca…
–¿Se habrá escapado cuando salí a sacar la basura?
Tensión. Cruce de miradas acusadoras… uno sale al pasillo, escaleras arriba, y el otro baja los cuatro pisos y no se detiene hasta la vereda: una vez lo trajo la vecina del segundo, pero por lo general resulta que está durmiendo en mi bolso de fútbol, o dentro del placard.
Todas las mañanas se  trepa a nuestra cama a la misma hora, y nos despierta olfateándonos y haciéndonos cosquillas en la cara con sus bigotes. Para despistarlo, probé no dejar entrar ni una gota de luz natural en toda la casa, pero su puntualidad siguió arruinándonos el sueño extra del fin de semana.
Si hace frío, además de subirse, aprovecha algún hueco y se mete bajo las sábanas, o se enrolla sobre mi cabeza para convertirme, según Kary, en Daniel Boone versión roncador.
Otra nueva, pisar el suelo lo aburrió. Ahora se dedica al parkour. Salta de la silla a la mesa, de la mesa a la mesada, luego audita las hornallas, y de ahí a otra silla… Para él, todo es caminable. La mesa dónde comés, el escritorio dónde trabajás, la biblioteca, las almohadas, tu panza… el pasa con sus patitas por encima de todo, y lo inspecciona.
Desde que Lío entró en casa, todos los días me despierto gritando: “¡Salí de mi cabeza! ¡Bajá de la heladera! ¡Los laxantes de Kary nooo! ¡Que hacés en el bidet!…”, pero en lugar de stress, me causa gracia. Mucha gracia.
Nuestro gatito sigue siendo torpe, cariñoso, inmaduro y juguetón. Es tan considerado que, desde el primer momento, nos hizo creer que nosotros somos sus amos, y no al revés… con Kary, gracias a Lío, desarrollamos este amor masoquista: cuánto más nos engaña, más orgullosos estamos de él.

viernes, octubre 17, 2014

Alrededor de Lío (Parte III)




Lío está grande. Todavía no es adulto (sigue con la voz finita) pero ya se convirtió en un desesperado de la comida: quiere lo de él, lo tuyo y lo de la basura. Si lo llamás, es probable que no te dé bola, pero si escucha el ruido de la alacena donde están sus golosinas, aparece al instante: te roza los pies, te hace caritas, maúlla… despliega toda su capacidad actoral. Lo que mejor le sale es el papel de huérfano/desnutrido, pero también puede hacer de galancito.
Además de teatro, enseña yoga: todos los días nos da clases magistrales de estiramiento y relajación.
Donde hay siesta, está él. Siempre apoyando una parte de su cuerpo sobre el tuyo.
Cuando se duerme y se tapa los ojos con las patitas, nos mata. Él se enrolla y nosotros nos quedamos mirándolo, embobados, esperando el momento para taparlo. Sí, nos encanta arroparlo y ver hasta dónde cede. Mientras lo cubrimos con la mantita, abre un poco los ojos y enseguida los cierra, cómo diciendo: “estos boludos otra vez…”, pero se deja, quizá porque el sueño lo inmoviliza, quizás porque sospecha (por error) que ése es el precio del techo y la comida.
Cuando entrás a la cama, tenés que dejar quietos los pies. Si ve que algo se mueve bajo las sábanas, le declara la guerra. Por supuesto, disfrutamos torturándolo moviendo apenas los dedos, y una vez que pica lo atrapamos con los pies, nos lo pasamos de un lado al otro de la cama como una pelota, hacemos jueguito, lo subimos y lo bajamos como en una montaña rusa... así, un rato, hasta que se cansa de luchar y se va cabizbajo.
Hay días que está distante. Hay días que no se te despega.
Miedos: tiene algunos. Por lo general se trata de ruidos. El grito lo detiene. La aspiradora lo espanta. El camión de la basura lo aterroriza.
Cuando entra en modo asustadizo, lo acosamos con caricias y a mí siempre se me escapa el mismo comentario: “pobre gatito, un día de estos entra un pajarito malo y se lo come”. Entonces, entre los besos y abrazos de Kary, emerge la mirada de Lío, como diciéndome: “callate nabo, no seas garca…”.