Lío está grande.
Todavía no es adulto (sigue con la voz finita) pero ya se convirtió en un
desesperado de la comida: quiere lo de él, lo tuyo y lo de la basura. Si lo
llamás, es probable que no te dé bola, pero si escucha el ruido de la alacena
donde están sus golosinas, aparece al instante: te roza los pies, te hace
caritas, maúlla… despliega toda su capacidad actoral. Lo que mejor le sale es el
papel de huérfano/desnutrido, pero también puede hacer de galancito.
Además de teatro,
enseña yoga: todos los días nos da clases magistrales de estiramiento y
relajación.
Donde hay
siesta, está él. Siempre apoyando una parte de su cuerpo sobre el tuyo.
Cuando se duerme
y se tapa los ojos con las patitas, nos mata. Él se enrolla y nosotros nos
quedamos mirándolo, embobados, esperando el momento para taparlo. Sí, nos
encanta arroparlo y ver hasta dónde cede. Mientras lo cubrimos con la mantita,
abre un poco los ojos y enseguida los cierra, cómo diciendo: “estos boludos
otra vez…”, pero se deja, quizá porque el sueño lo inmoviliza, quizás porque
sospecha (por error) que ése es el precio del techo y la comida.
Cuando entrás a la
cama, tenés que dejar quietos los pies. Si ve que algo se mueve bajo las
sábanas, le declara la guerra. Por supuesto, disfrutamos torturándolo moviendo
apenas los dedos, y una vez que pica lo atrapamos con los pies, nos lo pasamos
de un lado al otro de la cama como una pelota, hacemos jueguito, lo subimos y
lo bajamos como en una montaña rusa... así, un rato, hasta que se cansa de
luchar y se va cabizbajo.
Hay días que
está distante. Hay días que no se te despega.
Miedos: tiene
algunos. Por lo general se trata de ruidos. El grito lo detiene. La aspiradora
lo espanta. El camión de la basura lo aterroriza.
Cuando entra en
modo asustadizo, lo acosamos con caricias y a mí siempre se me escapa el mismo
comentario: “pobre gatito, un día de estos entra un pajarito malo y se lo
come”. Entonces, entre los besos y abrazos de Kary, emerge la mirada de Lío, como
diciéndome: “callate nabo, no seas garca…”.
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